Dra. Rebecca Shansky
Translated by Yolanda Gomez Galvez
Profesora Universidad Northeastern
Investigadora Postdoctoral Facultad de Medicina del Monte Sinai
Doctorado Universidad de Yale
Durante la universidad, la Dra. Rebecca Shansky vivía “el sueño de las artes liberales”: cursando asignaturas de literatura, arte, religiones orientales, cine, psicología...pero ninguna de ciencias básicas. Eso cambió cuando, en su tercer año, cursó una asignatura de neurociencia conductual que era obligatoria para su especialización en psicología y, de repente, quedó fascinada con el tema. Aprovechó el tiempo restante en la universidad para cursar tantas asignaturas de neurociencia como pudo y comenzó a investigar en un laboratorio de neurociencia conductual como parte de un programa de trabajo y estudio. Desde entonces, no ha dejado de dedicarse a la investigación. Hoy, Rebecca es profesora en el Departamento de Psicología de la Universidad Northeastern y realiza una labor pionera en el estudio de las diferencias sexuales en los circuitos neuronales relacionados con el estrés.
Tras disfrutar de su primera experiencia de investigación en neurociencia conductual durante la universidad, Rebecca se animó a cursar un doctorado, por lo que solicitó su admisión y se incorporó al programa de posgrado en Neurobiología de la Universidad de Yale. Se sentía en desventaja, ya que no tenía una base sólida en ciencias básicas y no sabía exactamente qué implicaba el posgrado. Sin embargo, sabía que le apasionaba la neurociencia del comportamiento en roedores y le entusiasmaba especialmente la posibilidad de realizar investigaciones con animales que tuvieran relevancia para las enfermedades mentales.
Ese interés la llevó a unirse al laboratorio de la Dra. Amy Arnsten, quien estudiaba el estrés. Amy tenía una pequeña subvención interna para investigar las diferencias sexuales en los efectos del estrés sobre la memoria de trabajo en ratas, y Rebecca estaba más que encantada de asumir este tema como proyecto de tesis. Resultó ser una elección afortunada, ya que marcó el rumbo de gran parte de su carrera, explorando las diferencias sexuales en el cerebro y el comportamiento.
Sus hallazgos sobre las notables diferencias sexuales en las respuestas al estrés —específicamente, que las ratas hembra presentaban un umbral más bajo para los déficits cognitivos inducidos por el estrés— fueron significativos y sorprendentes. Por aquel entonces, la mayoría de los laboratorios de neurociencia conductual estudiaban exclusivamente a machos y asumían que todo sería prácticamente igual en las hembras (¡salvo por esas complicadas hormonas!). El trabajo de Rebecca puso de relevancia la importancia de estudiar tanto a animales machos como a hembras para comprender por completo la diversidad de las funciones cerebrales, como la respuesta al estrés.
Entusiasmada con sus hallazgos y deseosa de profundizar en las diferencias sexuales en el cerebro, Rebecca decidió realizar un posdoctorado. A diferencia de otras etapas de transición en su carrera, esta resultó notablemente fluida. Quería regresar a Nueva York y adentrarse más en el estudio del cerebro, tras haberse centrado principalmente en el comportamiento y la farmacología durante su doctorado. Contactó al Dr. Bruce McEwen, de la Universidad Rockefeller, que estaba investigando cómo el estrés afecta la estructura neuronal y el funcionamiento de los circuitos. Afortunadamente, él acababa de obtener una importante subvención colaborativa junto con Dr. Joseph LeDoux de la NYU y Dr. John Morrison del Monte Sinai, la cual financiaba un puesto de posdoctorado. Rebecca presentó su solicitud y obtuvo el puesto. Comenzó a trabajar principalmente con John Morrison en el Monte Sinai, contando con la codirección de los otros dos investigadores principales (PIs), y se volcó en su proyecto para explorar cómo el estrés crónico afecta la estructura neuronal.
Estaba claro que, en áreas cerebrales como el hipocampo y la corteza prefrontal, el estrés crónico reduce el material dendrítico en las ratas macho – en otras palabras, las neuronas se contraen y pierden parte de su capacidad para recibir información. Dados los hallazgos de la tesis doctoral de Rebecca sobre las respuestas de estrés exacerbadas en las hembras, la hipótesis lógica era que las dendritas de estas se contraerían aún más. Para su gran sorpresa, descubrió lo contrario: las neuronas de la corteza prefrontal que se proyectan hacia la amígdala aumentaban de tamaño en las hembras sometidas a estrés crónico. Esto indicaba la importancia de pensar en lo que implica que un sistema sea adaptativo o desadaptativo y en cómo, en muchos casos, “aumentar de tamaño” puede resultar tan desadaptativo como “reducirse”. Además, esto aportó nuevas pruebas de la gran diversidad de respuestas cerebrales ante experiencias como el estrés crónico, así como de la gran parte de esa diversidad que el campo de estudio había pasado por alto al centrarse únicamente en los machos.
Era evidente que aún quedaba mucho por comprender sobre la diversidad de la función cerebral y el comportamiento a lo largo del espectro de sexos, y Rebecca se sentía motivada para establecer su propio laboratorio y explorar estas numerosas cuestiones. Sin embargo, esta transición resultó mucho más difícil que la que había realizado al pasar del doctorado al posdoctorado. En primer lugar, existe un cuello de botella mayor en esta etapa concreta: hay muchas menos plazas de PI que de posdoctorado y, por tanto, la competencia para obtener un puesto académico es feroz. A Rebecca le llevó más tiempo conseguir las publicaciones que consideraba necesarias para ser extremadamente competitiva. El tema de las diferencias sexuales era aún novedoso y desconocido para gran parte del campo, por lo que publicar muchos de sus trabajos resultó difícil, ya que muchas revistas “simplemente no sabían muy bien qué hacer con ellos”. Entretanto, la financiación de su posdoctorado —procedente de una subvención conjunta de sus supervisores— no era ilimitada y se agotó al concluir el proyecto. Así pues, Rebecca pasó unos meses en paro mientras solicitaba puestos académicos, una situación que le generaba estrés tanto en el plano práctico como en el existencial. Afortunadamente, surgió una oportunidad única: un laboratorio de reciente creación en la Universidad de Columbia, dirigido por los Dr. Alex Dranovsky y Dr. David Leonardo, estaba encantado de contratarla por el tiempo que ella quisiera, aprovechando así su experiencia para poner el laboratorio en marcha. Esto le permitió mantenerse a flote mientras solicitaba empleos y, finalmente, conseguir un puesto en la Universidad Northeastern de Boston.
Al establecer su propio laboratorio en Northeastern, Rebecca se propuso estudiar las diferencias sexuales en la estructura y función neuronal subyacentes al condicionamiento y la extinción del miedo. Sin embargo, resultó interesante que su reciente laboratorio descubriera que incluso la expresión del miedo difería entre machos y hembras. El “tiempo de inmovilización” (freezing, en inglés) es una medida habitual de la expresión del miedo; sin embargo, esta métrica se basaba, una vez más, en innumerables estudios centrados exclusivamente en machos. Parece que las hembras tienden a inmovilizarse con menor frecuencia ante el miedo y, en su lugar, responden de manera más activa (por ejemplo, mediante movimientos rápidos y repentinos o darting). Por ello, su laboratorio investiga los circuitos que sustentan esta expresión del miedo dependiente del sexo, además de desarrollar otros proyectos sobre las diferencias sexuales en la señalización endocannabinoide, las interacciones entre los estrógenos y el aprendizaje mediado por la dopamina, entre otros temas.
Rebecca considera que su laboratorio no solo contribuye al cuerpo del conocimiento científico, sino que también participa en un diálogo más amplio sobre cómo abordar la investigación en neurociencia conductual. “Hay algo más importante en lo que hacemos que simplemente nuestra propia investigación”, reflexiona. Con este fin, Rebecca también ha escrito importantes artículos de opinión, como un análisis ampliamente difundido y citado publicado en la revista Science titulado “¿Son las hormonas un ‘problema femenino’ en la investigación con animales?”. Le resulta enormemente gratificante observar cómo ha evolucionado el campo a raíz de la directriz de los NIH sobre el “sexo como variable biológica” y sentir que ha contribuido a ello. Si bien toda persona que trabaja en neurociencia aspira a ampliar o transformar lo que sabemos sobre el cerebro, no es habitual que una línea de investigación cambie la manera misma en que estudiamos el cerebro; sin embargo, el trabajo de Rebecca ha logrado precisamente eso.
