Dra. Vanessa Stempel
Translated by Maria Jose Olvera
Líder de grupo de investigación Instituto Max Planck para la Investigación del Cerebro, Fráncfort
Investigadora posdoctoral Centro Sainsbury Wellcome de la UCL, Londres
Doctorado Charité-Universitätsmedizin, Berlin
Vanessa Stempel creció en un hogar profundamente marcado por el pensamiento científico y la fascinación por el mundo natural. Su padre obtuvo un doctorado en ornitología y su madre estudió biología durante algunos años, aunque ambos decidieron abandonar la vida académica. Quizá no resulte sorprendente que Vanessa también descubriera en la escuela una pasión por la biología, especialmente por la zoología y la neurociencia. Sin embargo, tanto sus padres como sus profesores la desalentaron de seguir desarrollando ese interés, argumentando que nunca conseguiría trabajo como bióloga. Tomándose esos consejos muy en serio, Vanessa dirigió su atención hacia actividades más creativas. En distintos momentos consideró convertirse en diseñadora de vestuario y luego en orfebre, antes de decidir finalmente estudiar con el objetivo de convertirse en periodista. Sin embargo, esas aspiraciones comenzaron a desmoronarse rápidamente cuando se dio cuenta de que escribir sin tener un conocimiento profundo de algún campo le parecía equivocado. "¡Para ser periodista científica o periodista política, necesitas comprender realmente esas áreas!", recuerda haber pensado. Fue esa sensación de desconexión, junto con el deseo de desarrollar una comprensión más profunda del mundo que la rodeaba, lo que la llevó a abandonar sus estudios y, pese a las dudas de sus mentores, retomar su interés inicial por la biología. Aunque en ese momento quizá no fuera consciente de ello, esa decisión cambiaría profundamente el rumbo de su vida y de su carrera. Hoy, como investigadora principal en el Instituto Max Planck de Frankfurt, Vanessa busca descubrir los circuitos neuronales y los mecanismos celulares que regulan comportamientos instintivos en roedores, como la caza, el apareamiento y la huida. En cierto modo, su trayectoria ha cerrado un círculo, devolviéndola a las maravillas de la biología que despertaron su curiosidad cuando era joven.
Vanessa decidió cursar una licenciatura en biología aplicada, con un enfoque particular en microbiología y biología molecular, en lo que consideró un compromiso racional y siguiendo las advertencias que había recibido desde joven sobre estudiar zoología o neurociencia. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que ese campo no era lo que realmente le apasionaba.
Con el deseo de explorar la investigación en ciencia básica, se matriculó en un programa de maestría en biomedicina orientado a la investigación en University College de Londres (UCL). La elección del tema de su tesis de maestría resultó ser un punto de inflexión crucial en su trayectoria académica, ya que se encontraba dividida entre la neurociencia y las enfermedades infecciosas. Después de haber organizado un proyecto sobre malaria en la London School of Hygiene & Tropical Medicine, Vanessa recuerda haberse despertado en medio de la noche pensando: «¡Esto es un terrible error, necesito dedicarme a la neurociencia!». Canceló ese proyecto en el último momento y, en su lugar, se incorporó al grupo de los profesores Mark Farrant y Stuart Cull-Candy en el Departamento de Neurociencia, Fisiología y Farmacología de la UCL. Allí inició un proyecto dedicado al estudio de canales iónicos neuronales, como los receptores AMPA y GABAA, utilizando registros de patch-clamp, y rápidamente se enamoró de la electrofisiología. «Ver a las neuronas comunicarse entre sí en tiempo real me dejó fascinada y me hizo inmensamente feliz», recuerda haber pensado. A pesar de haber descubierto esta nueva pasión, Vanessa no empezó a considerar seriamente la posibilidad de realizar un doctorado hasta que Mark le ofreció un lugar en su laboratorio. Aunque finalmente decidió cursar sus estudios de posgrado en otra institución, atribuye a Mark el mérito de haber sido una de las primeras personas que creyó en su potencial y la ayudó a creer que realmente tenía lo necesario para desarrollar una carrera científica.
Impulsada por su creciente interés en la transmisión y la plasticidad sináptica, Vanessa se trasladó a Berlín para realizar su doctorado en el laboratorio del profesor Dietmar Schmitz. Aunque disfrutaba del ambiente de trabajo y mantenía una buena relación con su supervisor, los primeros años de su doctorado estuvieron marcados por frustración y por una larga serie de experimentos fallidos. Vanessa reconoce que llegó a sentir que todo era inútil cuando ninguno de sus proyectos parecía producir resultados interesantes.
Entonces, intervino la serendipia. Mientras utilizaba registros de patch-clamp para estudiar la poshiperpolarización (AHP, por sus siglas en inglés) en neuronas CA2 del hipocampo —el período posterior al disparo de una neurona durante el cual su potencial de membrana desciende temporalmente por debajo del nivel de reposo—, Vanessa observó un grupo inusual de neuronas hipocampales que nunca regresaban a su potencial de reposo. Esta observación fortuita, que al principio creyó que era un artefacto experimental, dio lugar a una serie de experimentos destinados a descubrir qué mecanismos podían estar detrás de ese fenómeno. Finalmente, Vanessa demostró que esta poshiperpolarización sostenida en un subgrupo de neuronas hipocampales estaba mediada por los receptores cannabinoides tipo 2 (CB2R), unos receptores que se encuentran habitualmente en el sistema inmunitario periférico, pero que se creía que estaban ausentes en las neuronas del sistema nervioso central. Su trabajo reveló que esta hiperpolarización mediada por los CB2R constituía un mecanismo de plasticidad novedoso y específico de un tipo celular que no había sido descrito anteriormente. Vanessa considera esta experiencia —una observación casual que condujo a un hallazgo importante— como un excelente ejemplo del enorme papel que desempeña la suerte en la ciencia. «Puedes ser todo lo competente que quieras, pero la ciencia no siempre sale como uno espera», señala.
Al acercarse al final de su doctorado, Vanessa estaba más convencida que nunca de que quería continuar su carrera en la ciencia. Al reflexionar sobre las preguntas que más le interesaban y entusiasmaban, decidió que quería realizar un posdoctorado que le permitiera tender un puente entre la investigación in vitro e in vivo, utilizando enfoques basados en circuitos neuronales para estudiar comportamientos naturales. Le entusiasmaba incorporarse al entonces recién creado laboratorio del profesor Tiago Branco, a quien había conocido mientras trabajaba como asistente de docencia en el curso de verano sobre Fisiología de Canales Iónicos del Cold Spring Harbor Laboratory. El laboratorio de Branco emplea paradigmas conductuales que utilizan estímulos auditivos y visuales naturalistas, como la sombra de un objeto que se aproxima simulando la aparición de un depredador aéreo, para estudiar el comportamiento instintivo de escape en ratones. Aportando una amplia experiencia y conocimientos en electrofisiología al laboratorio, Vanessa comenzó a investigar los circuitos neuronales que sustentan el comportamiento instintivo de escape. Mediante una combinación de experimentos conductuales, electrofisiológicos y anatómicos, Vanessa y sus colegas identificaron mecanismos clave de circuitos neuronales y de transmisión sináptica en el mesencéfalo del ratón que son fundamentales para la toma de decisiones de escape. Una de las lecciones más importantes que obtuvo de su etapa en el laboratorio de Branco, además de consolidar su interés por estudiar comportamientos naturales con relevancia ecológica, fue comprender el valor del trabajo en equipo y la importancia de reconocer las propias fortalezas y limitaciones. A medida que los proyectos de neurociencia moderna aumentan en tamaño y complejidad, saber cuándo pedir ayuda y aprovechar los conocimientos y habilidades de las personas del propio equipo —o de colaboradores de otras instituciones— resulta más importante que nunca y, además, hace que el trabajo sea mucho más enriquecedor que hacerlo en solitario.
Vanessa reconoce que, incluso durante gran parte de su etapa posdoctoral, nunca llegó a creer realmente que algún día dirigiría su propio laboratorio. Atribuye esa sensación a una combinación de síndrome del impostor, la ausencia de profesoras titulares como referentes a lo largo de su trayectoria académica y el hecho de que muchas de las personas de su misma generación académica estaban abandonando la carrera académica. Sin embargo, tras publicar un artículo de gran relevancia y mientras tanto ella como su pareja (también neurocientífico) comenzaban a plantearse los siguientes pasos en sus carreras, comprendió que había llegado el momento de intentarlo. Para su sorpresa, obtuvo el primer puesto al que se presentó. Actualmente, como investigadora principal en el Instituto Max Planck para la Investigación del Cerebro, en Frankfurt, Vanessa dirige un laboratorio que continúa estudiando los circuitos neuronales responsables de los comportamientos instintivos. En particular, su grupo de investigación se centra en dos cuestiones fundamentales. La primera consiste en comprender cómo estos circuitos ayudan al cerebro a resolver conflictos motivacionales repentinos, como cuando una madre lactante es amenazada por un depredador y debe decidir entre proteger a sus crías o huir. La segunda aborda una idea ampliamente aceptada en neurociencia: aunque la flexibilidad conductual y la capacidad de adaptarse a entornos cambiantes suelen considerarse fenómenos de control "de arriba hacia abajo", impulsados por la corteza cerebral, el laboratorio de Stempel busca cuestionar esta visión explorando cómo los circuitos del tronco encefálico implicados en los comportamientos instintivos pueden favorecer la flexibilidad en situaciones con relevancia ecológica mediante mecanismos locales de plasticidad.
Al recordar los primeros años al frente de su laboratorio, Vanessa señala que el cambio más difícil fue asumir que otras personas dependían ahora de su éxito. Desde ese momento, pasó a ser su responsabilidad garantizar que los integrantes de su grupo recibieran de los recursos, el apoyo y la mentoría necesarios para desarrollar todo su potencial. Aunque le llevó un tiempo adaptarse a esta nueva realidad, con el tiempo comprendió que el impacto que puede generar al facilitar que otras personas hagan buena ciencia es mucho mayor que el que habría conseguido trabajando únicamente por su cuenta. A pesar de que la parte administrativa de su trabajo no es su favorita (como probablemente les ocurre a la mayoría de quienes dirigen un laboratorio), se siente profundamente agradecida por haber tenido la oportunidad de liderar su propio grupo de investigación y no cambiaría esa experiencia por otra. Aunque el camino de Vanessa hacia la neurociencia fue, en cierto modo, poco convencional y en ocasiones especialmente desafiante, su trayectoria demuestra que no existe una única forma de alcanzar el éxito. Mantener la curiosidad, descubrir aquello que realmente apasiona y atreverse a explorar nuevos caminos son aspectos fundamentales; al final, cada persona encuentra su lugar.
